Míos, tuyos, nuestros

“La barbarie es inclinarse de un solo lado”.

Aldous Huxley

En marzo del presente año salió a la luz el caso de ocho parejas que demandaron a la Seguridad Social por los permisos de paternidad reclamando que hombres y mujeres vean igualados sus permisos y se materialicen estos en 16 semanas intransferibles. Por su parte, los políticos han sugerido la necesidad de modificar los actuales permisos de paternidad, siendo defendida la equiparación por los partidos liderados por Albert Rivera y Pablo Iglesias. Ciudadanos y Podemos han logrado que se lleve el tema al Congreso, y la Comisión de Igualdad ha aprobado, el pasado 20 de abril, las proposiciones no de ley (PNL) de ambos partidos, que instan al Gobierno a establecer  permisos de dieciséis semanas, tanto para las madres como para los padres, de carácter intransferible y pagados.

Versión reducida del post en revista online Ágora

Katerina Sokova- In the yard

Katerina Sokova- In the yard

Para comprender este asunto, es necesario ir a las bases del mismo: las diferencias de género fruto de la asignación a través de la cultura de unos determinados papeles en función del sexo con el que se haya nacido y la socialización se pondrá en marcha de manera diferencial atendiendo a si se trata de un niño o una niña.

Es necesario, asimismo, atender al papel que juegan hoy la visibilización de los roles de género y del problema social derivado del establecimiento de una estructura social machista y patriarcal que patenta un desigual tratamiento a hombres y mujeres y autoriza el que se creen unas jerarquías en las que la mujer acaba estando en un papel subordinado y pasivo. Una sociedad cuyas bases se hallan configuradas desde los planteamientos machistas iría en contra no sólo de los intereses de las mujeres, sino también de los hombres, es decir, afecta a todos los ciudadanos y ciudadanas. A los hombres les impide compartir ciertas emociones o llevar a cabo algunas actividades, al no considerarse legítimas de su sexo, y a las mujeres se les dificulta acceder a puestos de poder o, inclusive, el desarrollo de su propia individualidad, al poder ser educadas desde la idea de que deben ocuparse de los demás para no caer en el egoísmo, identificándose éste en su caso con el mero hecho de dedicarse un tiempo en exclusiva a sí mismas. La desigualdad acabará consolidándose por la configuración de las mismas leyes, como es el caso de la que nos ocupa. Frente a ello, ha surgido el movimiento que aboga por la adopción de un nuevo esquema de masculinidad, y que pretende superar el antiguo concepto de masculinidad hegemónica.

Los roles de género, base de la diferencia: mujeres-cuidadoras y hombres-proveedores.

La imagen tradicional de la mujer deja a esta en una posición de subordinación al quedar relegada al ámbito doméstico, a la gestión del hogar y las tareas que en dicho contexto pueden darse lugar, es decir, todo lo vinculado al mantenimiento de la casa y el cuidado de los hijos e hijas. Mientras tanto, al hombre se le ha conferido el papel de ser quien se ocupaba de trabajar y traer el dinero a casa. La división de las responsabilidades quedaba claramente establecida, la mujer en el ámbito reproductivo (espacio privado) y el hombre en el ámbito productivo (espacio público).

Con la entrada de la mujer al mundo laboral la situación ha cambiado un poco, pero, generalmente, sigue siendo la mujer la que se dedica principalmente al cuidado de los descendientes, ostentando así un doble cargo que provocará a efectos prácticos el que cuente con una doble jornada laboral (Molero, 2009; Escot y Fernández, 2014; Agirre, 2016), no pudiendo así dispensarse tiempo a sí misma (Pérez y Serrano, 2013).

El espacio doméstico ha sido considerado un espacio privado que debe regularse a través de los pactos internos de la pareja, al considerarse que seguiría una lógica propia y que intervenir en él sería como inmiscuirse, idea que hace más difícil que el cambio social se equipare en el terreno familiar (Agirre, 2016). De este modo, exponen Serrano y Ereñaga (2014), acaban conviviendo dos sistemas que se contradicen, y son: el viejo modelo familiar basado en mujer-cuidadora y hombre-proveedor del sustento económico, y el nuevo modelo que se estaría defendiendo desde el mundo laboral y que vendría definido por la incorporación de las mujeres.

Los mandatos de género dictan que la feminidad reside en todo lo concerniente a temas emocionales y al hecho de cuidar y, en cierto modo, es como si se le incitase a la mujer a postergar su propio cuidado y anteponer las necesidades de los demás. Pérez y Escobar (2011) consideran que, actualmente, el interesarse y ejercer soberanía sobre una misma es tachado de egoísmo, produciendo en la mujer que toma esa actitud un sentimiento de culpa. La entrega es lo que se supone femenino. Estos autores amplían posteriormente lo expuesto remitiéndonos al concepto antes citado: mandatos/roles de género. Denuncian que el estereotipo de feminidad tradicional suele encasillar a las mujeres en lo emocional, en todo lo relacionado con el apego, la creación y el cuidado de las relaciones interpersonales. Su visión es respaldada por Dio Bleichmar (2011), quien también encuentra que se prima el apego, los cuidados, el afecto y las demás cuestiones relacionadas con las relaciones interpersonales, “no solo con la creación de estos vínculos, sino con la responsabilidad en su mantenimiento”. Responsabilidad tan arraigada, que las mujeres “pueden tener depositada en esa meta su valoración integral como personas, ya que gran parte de su narcisismo está en función de preservar el vínculo” (Dio Bleichmar, 2011). La idea del cuidado se une a la idea de la entrega, que se convierte en el ideal de lo femenino: el “entregarse” a las personas queridas. “Los éxitos no vacunan contra la depresión” (Dio Bleichmar, 2001), y es que, desde la sociedad, se emite el mensaje de que las mujeres deben tener a alguien a quien cuidar, así como una relación de intimidad que las solicite. Señala Agirre (2016) que el cuidado se constituye pieza clave en la identidad femenina y masculina, bien por acción u omisión –en el caso de los hombres-, y que es inseparable del concepto identidad de género. Esto lleva al conflicto en las parejas que se autodefinen como paritarias y cuyos miembros disfrutan de una posición socioeconómica equivalente y un mismo nivel de estudios, puesto que aún así no partirían de una misma posición. En todo contacto interpersonal se producen relaciones de poder y en la pareja la mujer queda, por lo general, en una posición subordinada también en las parejas que cumplen las características citadas, diferencia de poder que se hace patente frente al conflicto. Cuando éste acontece, como en el marco de las tensiones resultantes de la llegada de los/as hijos/as y la necesidad nueva de regular sus cuidados y distribuírselos, el que podría ser llamado “contrato natural” que determinaba que era la mujer la que se encargaba de los/as niños/as es revisado, y la cuestión de los hijos e hijas debe ser pactada de forma explícita. Esto conlleva, como es lógico, unas dificultades al haber conflicto de intereses individuales. Con el fin de evitar los problemas, como continúa Agirre (2016), acabaría adoptándose lo que rige el status quo, en nombre del amor. De esta forma, aunque la situación de partida pareciera presagiar un resultado distinto, acaba cumpliéndose con lo tradicional, y la mujer continuaría relegada al ámbito emocional y al ámbito doméstico, siendo el hombre el que ocuparía los espacios legislativo, político, cultural y económico (Valle, 2003). De este modo, renunciaría al puesto de empleo en el caso de “poder permitírselo” al tener cierta holgura económica en base a los ingresos de dinero al hogar, o recurriría a reducciones de jornada voluntarias u horarios laborales más flexibles (Pérez y Serrano, 2013; Flaquer y Escobedo, 2014). En caso de no poder dejar el trabajo, la mujer detentaría la doble jornada a la que al principio del presente escrito se hacía referencia, compaginando trabajo e hijos/as. El término conciliación se utiliza pensando en las mujeres, por ello, Serrano y Ereñaga (2014) indican no sólo la importancia que tiene que desde la empresa se promuevan medidas de conciliación, sino que estas sean de modo que quede vinculado el cuidado a ambos progenitores, dispensándose también al hombre las mismas oportunidades para hacerse cargo de sus hijos/as, desde un enfoque en la corresponsabilidad.

Jean Lariviére - Les jambes

Jean Lariviére – Les jambes

Como se aprecia, se acaba retornando a un modelo que no termina de abandonarse y que lleva a que se considere obligación de las mujeres el ser la encargada principal de los/as hijos/as, siendo acusada de no ser buena madre en el caso contrario o no mostrar el debido interés. Pérez y Serrano (2013) explican esta situación y aprecian que los hombres, por lo general, recibirían halagos de forma frecuente cuando realizan algunas tareas del cuidado de los/as hijos/as al considerarse socialmente que están asumiendo una tarea que no les corresponde.

Sánchez (2013) observa que el rol de cuidador principal es realizado en su mayoría por mujeres, y señala que el empeoramiento de la salud de las mujeres de las mujeres en torno a los 50 años (mediana edad) se haya vinculado muchas veces a este hecho, ya que se dispensan los cuidados de tal modo que son las mujeres de más edad las que cuidan a los niños, y las de mediana edad (esposas, hijas y nueras) se encargan de asistir a la vejez, lo que supone una sobrecarga de tareas para ellas (Instituto de la Mujer, 2005; citado en Sánchez, 2013). El rol de cuidador dependería de qué posición se detente dentro de la estructura familiar, pero Triadó (2001) también señala que son más frecuentemente las mujeres quienes adoptan ese rol, aunque lo hace refiriéndose a los hijos e hijas de la persona que necesite ser atendida.

El poder de cuidar a otros lleva a indicar que hay una edad “crítica”. Que la cultura cimente la identidad femenina en su poder de cuidar a los demás deja a la mujer, por tanto, en una posición dependiente y vulnerable. En torno a los 50 años, aparte de alcanzarse lo que es nombrado por algunos/as como “ocaso fisiológico”, puede haber varias pérdidas significativas: fallecimiento de uno o ambos padres y la emancipación de los hijos (que cada vez se produce más tarde, y su pérdida es conocida popularmente como “nido vacío”). En ese momento, se produce un proceso de luto, que debe sucederse de una adaptación a la nueva situación. La pérdida de la capacidad reproductora con la llegada de la menopausia, y los eventos antes descritos, puede llevar a las mujeres a sentir que no tienen ningún objetivo vital (González, 1999). Esto invita a reflexionar sobre la importancia concedida tradicionalmente al rol de madre, en el cual la mujer muchas veces, para cumplir con el ideal femenino y el ideal maternal, cesa la expresión de sus deseos como mujer para únicamente centrarse en la experiencia de maternidad. La mujer pasa a definirse por lo bien o mal que cumpla ese papel de madre, y “en relación con los hijos, se intenta mostrar siempre una constante disponibilidad, renuncias a la propia identidad” (González, 2001). Y es que, sobre tres pilares se sustenta la valoración de la mujer dentro de la cultura machista: la capacidad para cuidar a los demás, la maternidad y la belleza (Gobierno de España, 2015).

La situación actual de los permisos de maternidad y paternidad.

LJ holloway photography

LJ holloway photography


El punto de partida en cuanto a este tema es el derecho de salud del bebé recién nacido. Superada esta aclaración, se asume la necesidad de ciertas medidas por la circunstancia biológica de que es la mujer quien atraviesa el embarazo y el parto, y el hombre está limitado biológicamente para ello. Este hecho no puede servir como pretexto para que sea sólo la mujer la que tenga que cuidar al niño/a en los primeros meses y posteriores y/o que las medidas de protección del niño/a sean siempre en base al permiso de maternidad. Reduciéndose los permisos a uno sólo de los progenitores, a quien tiene la condición de ser mujer, se produciría un alejamiento de la igualdad de género real, al quedar perjudicada “la integración de las mujeres en el mercado laboral y la de los hombres en el marco de las responsabilidades familiares” (Molero, 2009 p. 234). Las licencias parentales son decisivas en el desarrollo de nuevas pautas de paternidad (Flaquer y Escobedo, 2014). Junto a ello, las investigaciones realizadas aportan luz al tema y muestran lo positivo de que los padres también participen activamente en la crianza de los/as hijos/as y cómo esto se relacionaría con un aumento del desarrollo cognoscitivo, mejora del rendimiento académico, mejor salud mental tanto en niños como en niñas, mayor capacidad de empatía y aptitudes sociales y unas tasas menores de delincuencia entre los descendientes varones (Levtov, van der Gaag, Greene, Kaufman, y Barker, 2015).

Suecia fue la precursora de la aplicación de la licencia parental en el año 1974. El origen de estas políticas se vincula a la generalización del trabajo materno y al interés por garantizar la crianza de los/as niños/as, constituyéndose como políticas sociales que mantendrían los roles de proveedor económico de los hombres y de cuidadora en el caso de las mujeres, pero contrarrestando los posibles efectos económicos adversos fomentando la participación de los padres en la crianza (Flaquer y Escobedo, 2014). En la actualidad, se plantea que la mayor participación de los hombres en las tareas de cuidado –que sólo puede ser posibilitada ampliando el permiso de paternidad-, tendría unos efectos en la economía muy positivos: “si las mujeres participaran en el mercado laboral tanto como los hombres se estima que el producto interno bruto (PIB) podría aumentar un 5% en Estados Unidos, un 9% en Japón, un 12% en los Emiratos Árabes Unidos y un 34% en Egipto” (Levtov et al., 2015 p.14). De hecho, el mes pasado, Baquia.com, web de referencia en el mundo tecnológico, se hacía eco de un informe elaborado por McKinsey sobre Silicon Valley, en el cual se revelaba que, de cerrarse la brecha de género en el área de tecnología pesada, se estima que ésta podría ganar en 2025: 25 mil millones de euros (lo que supone un aumento del 9%) del producto interno bruto.

En España, los permisos de maternidad se remontan al año 1900 (Pérez y Serrano, 2013), dentro de la Ley Dato que regulaba las condiciones de trabajo de mujeres y niños, y que prohibía el trabajo a las mujeres durante las tres semanas posteriores al parto y regulaba la disponibilidad de una serie de momentos dentro de las horas de trabajo de las mujeres cuyos hijos/as se encontrasen en periodo de lactancia. Esta ley resultaba sobreprotectora y llevó a la exclusión de las mujeres de los puestos más importantes del mercado de trabajo, junto con que acabasen volviendo al ámbito doméstico (Serrano y Ereñaga, 2014).

Por su parte, los primeros permisos de paternidad se establecen en 13 días en el año 2007, en el marco de la reformulación del sistema de licencias parentales que se produjo en ese año (Flaquer y Escobedo, 2014). Antes, en la Ley 3/1989, fechada en el 3 de marzo, se había ampliado a dieciséis semanas el permiso por maternidad –cuestión que se mantiene en la actualidad- y se había modificado uno de los artículos del ET (Estatuto de los Trabajadores), ofreciéndosele de igual forma la reducción de jornada, consistente en una hora de ausencia del trabajo, a hombres y mujeres con hijos/as en periodo de lactancia (Pérez y Serrano, 2013; Serrano y Ereñaga, 2014). Por tanto, los permisos de paternidad cuentan con menor tradición en su regulación jurídica y las concesiones de tiempo que otorgan para afrontar la crianza son indudablemente inferiores.

Jason DeCaires Taylor- Underwater sculptures

Jason DeCaires Taylor- Underwater sculptures

Los países del norte de Europa se consideran la excepción al estado actual de los permisos de maternidad y paternidad, que no se consideran suficientemente igualitarios a pesar de haber contado con los avances expuestos. Todavía estaríamos lejos de estar contribuyendo con las medidas a un modelo de familia en el que los dos miembros de la pareja puedan ser considerados sustentadores a tiempo completo, sino que más bien habría un fomento de un modelo de familia de doble sustentador con cierta especialización de género (Flaquer y Escobedo, 2014). Pérez y Serrano (2013) denuncian, centrándose en España, el que no sea abarcado el asunto de las semanas obligatorias de recuperación física de la madre desde un prisma más individual, y que no sean más tenidas en cuenta las necesidades concretas, al tener cada mujer un proceso de recuperación distinto. Asimismo, otra crítica sería que se confundiría lo biológico con lo socio-cultural, quedando las seis semanas obligatorias dentro del primer terreno (al tener la madre que recuperarse del alumbramiento) y las diez semanas de utilización voluntaria serían con el objetivo de la protección de la institución familiar y “resulta de dudosa constitucionalidad excluir al hombre de la titularidad de aquellos derechos otorgados para la atención a la familia” (Pérez y Serrano, 2013 p. 42).

Como cierre, resulta imprescindible recordar que para conseguir la igualdad entre hombres y mujeres, o mejor, llegar a la equidad, las acciones deben comprender, como señalan Escot y Fernández (2014), tanto la mejora de los sistemas de permisos parentales existentes –que el padre tenga la misma importancia como figura de cuidado, ampliándosele el permiso en tiempo desde las dos semanas actuales a las 16 semanas que caracterizan al permiso de maternidad-, como de las políticas de conciliación, que deben evitar tener sesgo femenino y quedar disponibles para padres y madres por igual. De la misma manera, es necesario revisar los programas de educación en igualdad, para que se cuestionen los roles y estereotipos de género, y, de cara a la posición de las mujeres en el terreno laboral, aplicar medidas que favorezcan que estén en puestos directivos o incentivarlas a algo que tampoco es propio de su rol tradicional, y es el emprender.

Considero que es perentoria la reforma de los permisos parentales y que es una buena noticia que los políticos introduzcan la sugerencia de una igualación de los permisos independientemente del sexo. La urgencia, como se ha argumentado, no es sólo desde el punto de vista de las mujeres, sino también de los hombres, que se ven discriminados con los actuales permisos. En el contexto de las nuevas masculinidades de las que ya se habla en los medios de comunicación, resultan muy atrasadas las medidas vigentes en torno a la conciliación de la crianza con el trabajo. Unido a ello, y en vista a la preocupación creciente sobre el problema social de la violencia de género, parece imprescindible asegurarle a las mujeres las mismas condiciones que a los hombres en el terreno laboral, para que puedan contar con independencia económica, y no caerse en lo que observo como un error y es el de promover que sea la madre la que se encargue de la crianza, pues la mayor habilidad que se le atribuye en ese tema, en el caso de existir, no es más que fruto de los procesos de socialización diferenciales a los que se ven sometidos mujeres y hombres.

 

Referencias bibliográficas:
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Delegación de Gobierno para la Violencia de Género (2015). Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2015. Avance de resultados. Descargado el 9 de marzo de 2016 de      http://www.violenciagenero.msssi.gob.es/violenciaEnCifras/macroencuesta2015/home.htm
Dio Bleichmar, E. (2001). La depresión en la mujer. Madrid: Temas de hoy.
Dio Bleichmar, E. (Comp.) (2011). Mujeres tratando a mujeres. Con mirada de género. Barcelona: Octaedro.
Escot, L. y Fernández, J. (2014). La situación de la mujer en el mercado laboral después de la crisis. Economistas, 138-139 Extra, 134-141.
Flaquer, L. y Escobedo, A. (2014). Licencias parentales y política social de la paternidad en España. Cuadernos de Relaciones Laborales, 32 (1), 69-99.
González, A. (2001). El ideal maternal y el sufrimiento psicosomático en las mujeres. En C. Mingote y B. López-Dóriga (coords.) II Jornadas de salud mental y género. (pp. 31-45). Madrid: Instituto de la Mujer (Ministerio de Trabajo y Asuntos sociales).
González, A. (Comp.) (1999). Subjetividad y ciclos vitales de las mujeres. Madrid: Siglo Veintiuno.
Levtov, R., van der Gaag, N., Greene, M., Kaufman, M. y Barker, G. (2015). State of the World´s Fathers: A MenCare Advocacy Publication. Washington, D.C.: Promundo, Rutgers, Save the Children, Sonke Gender Justice and the MenEngage Alliance.
Molero, M. (2009). Maternidad, paternidad y Estado. Los derechos de conciliación como desarrollo del derecho a la igualdad entre mujeres y hombres. Ius et veritas, 39, 224-243.
Pérez, J. y Escobar, A. (Coord.) (2011). Perspectivas de la violencia de género. Madrid: Editorial Grupo 5.
Pérez, R. y Serrano, N. (2013). ¿Responde el diseño de los permisos de maternidad y paternidad en España al presupuesto de corresponsabilidad entre hombres y mujeres? Acciones e investigaciones sociales, 33, 31-52. Descargado el 5 de mayo de 2016 de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4457818.
Sánchez, M. (2013). La salud de las mujeres. Análisis desde la perspectiva de género. Madrid: Síntesis.
Serrano, M. y Ereñaga, N. (2014). De la conciliación a la corresponsabilidad en la regulación española del permiso de lactancia. Realidad o utopía. Revista Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, 44, 153-179.
Triadó, C. (2001) Cambio evolutivo, contextos e intervención psicoeducativa en la vejez. Contextos educativos, 4, 119-133.
Valle, I. (2003). El empoderamiento en los procesos de intervención social como un elemento transformador de la desigualdad y/o violencia de género (pp.51-62). En M. Setién y M. Silvestre (Eds.) Problemas de las mujeres, problemas de la sociedad. Bilbao: Universidad de Deusto.
Referencias a artículos en prensa:
Baquia (11/04/2016): La igualdad de género y sus beneficios en Silicon Valley.       Disponible en: http://www.baquia.com/empresas/igualdad-genero-beneficios-silicon-valley
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