¿Sabes cuándo te están mintiendo?

Las mentiras son usadas como estrategias persuasivas en el intento de convencer al interlocutor de algo. Becerra y Sánchez (1989; 1991) estudiaron cómo se perciben las mentiras, qué variables influirían y, dentro de ellas, se centraron especialmente en cómo el tipo de contenidos y el tiempo del que se disponga para su elaboración pueden hacer que sea más difícil apreciar que alguien miente. De su estudio se revela un dato cuanto menos curioso: las mentiras “deseables” fueron peor detectadas que las mentiras con contenidos “no deseables”. Otros datos relevantes que extrajeron en base a sus trabajos fue que al contar con mayor tiempo de elaboración del mensaje se incrementaba la dificultad para descubrir la mentira y que si había una vinculación emocional al tema o si este tenía un carácter personal, se hacía todavía más difícil revelar la mentira del otro/a. Dedujeron que al haber una preparación anticipada de la respuesta se homogeneizaba “el patrón expresivo del emisor e incrementaba la dificultad para diferenciar si las respuestas son verdaderas o falsas, al contrario de lo que sucede con las respuestas no elaboradas” (Sánchez y Becerra, 1991).

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Se ha observado cómo existe una mayor facilidad para controlar las expresiones faciales que el cuerpo, y éste último nos delataría más (Becerra y Sánchez, 1989). La duración de una expresión facial emocional es de unos 0,5 a 4 segundos, y las expresiones emocionales “pueden ser inhibidas y simuladas, excepto la sorpresa” (Bisquerra, 2009). Esto da muestra del poder persuasivo que puede adquirir un individuo entrenado en el manejo de sus expresiones faciales, sobre todo, si a esto le acompañan ciertas circunstancias facilitadoras, como pueden ser el cansancio del interlocutor/a, que puede situarle en una posición más vulnerable (al hacer que disminuya su atención le estaría volviendo menos crítico con el otro/a).

Dentro de la Psicología Social han sido estudiadas las distintas condiciones con respecto al emisor, al receptor y al mensaje para que se produzca la persuasión. Se ha visto que la longitud del mensaje, la claridad de los contenidos y su relevancia para la otra persona, el tipo de mensaje que sea (racional o emocional), si los argumentos son unilaterales o bilaterales, la credibilidad y el atractivo del emisor, el poder o autoridad que le sean atribuidos y el estado de ánimo del receptor, entre otros, son algunos de los aspectos que influirán en que se produzca, o no, persuasión.

Dentro de los componentes no verbales que se incluyen en una comunicación sí destacaré los patrones de mirada. Popularmente se dice que cuando alguien miente, su mirada (o más bien, un contacto ocular limitado) le delatan. Esta afirmación podríamos considerarla respaldada por Davis (1976), ya que expone que cuando se mira mucho hacia otro lado es porque no habría seguridad en aquello que se está diciendo o que se desea modificar lo enunciado, para ocultar información. Esta misma autora, más adelante, rebaja un poco esta idea al decir que algunas personas miran más que otras, de lo cual se vislumbra la dificultad añadida a lo subjetivo de la interpretación de los patrones de la mirada (porque, ¿qué podemos considerar que es mirar más de “lo habitual”?), al existir personas que mirarían más o menos en su interacción con los/as otros/as.

En los últimos años, si revisamos la bibliografía actual del tema, se aprecia como los supuestos patrones de la mirada asociados a la mentira son cuestionados. Wiseman, Watt, ten Brinke, Porter, Couper y Rankin (2012) han negado, a través de tres experimentos, la posibilidad de descubrir la mentira analizando el movimiento de los ojos. El primero de los estudios fue realizado con 32 sujetos diestros a los que se monitorizó el movimiento de los ojos mientras contaban cosas que eran mentira y otras que eran verdaderas. El segundo experimento consistió en 50 personas que debían evaluar a otras y detectar signos que indicasen que mentían, siendo parte de la muestra entrenada para ello; y en el tercer experimento se usaron unos vídeos de declaraciones públicas, en las que se incluían algunas de dudosa veracidad. Dichos investigadores se desvincularon de la idea de que los movimientos oculares podían avisar de una mentira, que eran unos pobres indicadores de ello. Señalan en sus conclusiones que su trabajo es el primero en probar de forma experimental lo defendido por los partidarios de la Programación Neurolingüística (PNL) respecto a la detección de mentiras.

Referencias bibliográficas:

Becerra, A. y Sánchez, F. (1989) Análisis de las variables implicadas en la detección de la mentira. Revista de Psicología Social, 4 (2), 167-176.

Bisquerra, R. (2009) Teorías de las emociones. En R. Bisquerra (Ed.) Psicopedagogía de las emociones. Madrid: Síntesis.

Davis, F. (1976) Lo que dicen los ojos. En F. Davis (Ed.) La comunicación no verbal. Madrid: Alianza Editorial.

Sánchez, F. y Becerra, A. (1991) El tema de la pregunta y la elaboración de las respuestas en la detección de mentiras. Revista de Psicología Social, 6 (1), 73-83.

Wiseman, R., Watt, C., ten Brinke, L., Porter, S., Couper, S. y Rankin, C. (2012) The eyes don´t have it: Lie detection and Neuro-Linguistic Programming. Plos-One. Descargado el 21 de noviembre de 2015 de http://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0040259

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