La feminidad impuesta (IV)

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Man Ray (Emmanuel Radnitzky)- Le Violon d´Ingres

El mito edípico es la pieza clave sobre la que parte la concepción de la mujer como tal. Esto significa que es el punto donde emerge la diferenciación por género, ya que la distinción no es meramente anatómica. La biología marca diferencias en el cuerpo en función del sexo al que se pertenezca pero no psicológicas. En la llamada fase preedípica los niños serían iguales psíquicamente, y bisexuales. Ostentarían las actitudes de ambos signos, tanto activas como pasivas, al mismo tiempo que las libidinales. El objeto de deseo, independientemente del sexo, sería en ambos casos la madre. La actividad del yo es similar para todos los niños bajo la misma estimulación humana. La existencia de una mayor competencia verbal en las niñas y una mayor actividad motriz en los niños no es incompatible con la sugerencia de que la asignación final a la feminidad o a la masculinidad vendría del entorno, y Flores, Poblete y Campo (2014) reivindican que la identidad diferencial la infunden los adultos por sus “fantasmas inconscientes de género y de los múltiples comportamientos educativos que despliegan”, lo que podríamos comprender como el proceso de socialización al que se somete al niño/a y que no puedo evitar, aún a sabiendas de que me alejo de la cuestión central del presente trabajo, relacionarlo con Piaget y su idea de que tanto el mundo físico como el social son normativos (tienen reglas de funcionamiento, están organizados) y el niño o la niña tendría que tomar conciencia de éstas. En Piaget empezar a atender la norma implicaba una cierta descentralización. En Freud se podría entender algo equivalente, pues los niños tendrían juntas todas las actitudes que en el imaginario social, en cambio, están diferenciadas por género, y los niños tendrían la dotación pulsional con la que se nace, y por esa etapa edípica adquirirían la noción del yo a la que sumarían, más tarde, unas normas del exterior que habrían interiorizado (definiéndose así el superyó). Es como si la visión de los/as niños/as ya no se centrase sólo en ellos mismos y sus pulsiones, sino que, en el contacto con el exterior acabarían formándose como personas y habría una especie de descentralización al asumir como propias cosas que no habrían tenido un origen interno.

Los conceptos de la envidia del pene y la castración se vuelven vitales en la teoría de Freud para explicar la adquisición del género. La niña advierte que no puede competir con el varón, puesto que tiene clítoris en vez del pene de éste. El sentimiento de estar castrada deriva en uno de inferioridad, pero es un sentimiento nuevo, que, como se deduce, no aparece hasta no haber un contacto con la cultura. Lacan, quien continuó la teoría freudiana, explica de una forma más clara esta cuestión, tal como señala Rubin (2013). Según él, es la sociedad determinada la que concreta la posibilidad sexual que termina expresándose en esa persona. Las demás quedan reprimidas y la fase edípica termina una vez quedan organizadas la líbido y la identidad de género de acuerdo con las reglas de la cultura en la cual el niño o la niña se mueve.

Zuluaga (2006) interpreta lo expuesto en las obras de Freud sobre la mujer como que la feminidad se alcanzaría a través de la renuncia. La niña abandona la idea de conseguir a la madre y la de tener un pene. Desde el principio, la niña debe asumir que va a estar por debajo, que le va a faltar algo y sus días los pasará como castrada. También descubre, como los varones, el tabú contra el incesto. Para ella, por ser niña, supone más significados que el de no poder tener a la madre, al abarcar el no poder acceder a ninguna otra mujer que pueda servir de sustituta. Esta idea de buscar sustituta de la madre se relacionaría con la de los deseos citada desde la introducción, ya que tener a la madre no deja de ser un deseo. Al reprimirse la pulsión sexual dirigida a la madre, queda manifiesto el yo, que actúa para garantizar la autoconservación del individuo (García, 2013). Freud sugiere entonces que la niña podría afrontar tres caminos: la inhibición, que sería el volverse asexual al reprimir su sexualidad de forma total y enloquecer; la reivindicación de su antigua faceta de masculinidad: manifestar abiertamente su deseo y situarse en el marco de la “masculinidad” convirtiéndose en homosexual o, por último, simplemente la aceptación de la situación como algo normal, apoyando así al contrato social (Rubin, 2013). El contrato social sería el que, a falta de tener el don en sí misma, esperaría encontrarlo mediante la maternidad. El deseo se desplaza hacia otro objeto: el lograr engendrar un hijo (Zuluaga, 2006). Este último camino sería, en términos de De la Pava (2006), la “feminidad definitiva”, y se caracterizaría por la colocación del padre como modelo, y del marido como analogía del padre, una identificación que no se vería ajena a la rivalización por el amor. El marido se convierte, asimismo, en instrumento para mejorar la relación con la madre, que había empeorado al convertirse en deseo no permitido. Es un deseo que no se podría cumplir porque la sociedad lo condenaría al considerarlo incesto. Esto se podría vincular al concepto del superyó, que sería el elemento psíquico que obligaría a rechazar el deseo que viene del ello.

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Obtenido de: Instagram- Lives.Thinks.Big

Como se aprecia, se favorece en las niñas una actitud pasiva que, en un principio, no sería propia de ellas, pues tanto niños como niñas tendrían un abanico amplio de actitudes en la fase preedípica, comprendiendo tanto actitudes pasivas como activas, independientemente del sexo con el que hayan nacido. Luego, se va trazando un camino hacia la pasividad y la dependencia en la niña, que, además, se verá intensificado por el hecho de que tener el mismo sexo que la madre habrá hecho que los lazos entre ambas hayan sido de cercanía y fusión. Frente a ellos, los vínculos de la madre con el niño tienden a la separación, pues la identificación primaria con la madre no puede continuar ante la diferencia anatómica que se ve evidenciada por el entorno. Burin (1996) reflexiona esto en base a los planteamientos psicoanalíticos, y señala que los varones “configurarían su identidad sobre la base del hacer (en el movimiento de alejamiento temprano de la madre)”, mientras que la subjetividad femenina que se termina construyendo irá caracterizada por un potente freno al desarrollo, instaurándose algo así como un “techo de cristal”. Resulta interesante esto en línea a los roles de género que aún imperan en la sociedad. La base de la misma sigue siendo patriarcal y la mujer continúa ocupando un papel más pasivo, al que se le incita desde los mitos románticos y la estructura social. Hay una perpetuación de ciertas prácticas que colocan a la mujer en un segundo plano y se “venden” unas ideas sobre cuál es su papel. Todavía se muestra la maternidad como casi el fin de toda mujer y se enseña ésta como el momento en que la mujer se debe sentir completa, lo cual condena a parte a experimentar la ocultada depresión post parto al no cumplir el tener un bebé las expectativas que se habían formado en base a estas creencias sociales.

En la revisión que hace Chodorow (1990) de Freud valora positivamente sus planteamientos sobre la sexualidad y el género. Considera que realiza una potente crítica a la sociedad, a la cultura y a la familia, y su influencia restrictiva tanto en mujeres como en hombres. Opina que destapa el matrimonio como trampa para muchas mujeres y también cómo la sexualidad de éstas queda reprimida por el entorno y sus propias familias, quedando abocadas a la neurosis.

Por todo lo anterior, desde el pensamiento freudiano se podría llegar a deducir que en el superyó de las mujeres quedarían insertados mandatos de género que van a afectar a la satisfacción del ello.

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2 Respuestas a “La feminidad impuesta (IV)

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