Convertirse en padres

paternidad

Con la llegada del primer bebé, el mundo de la pareja cambia. Aumentan las responsabilidades y el estrés generado por los cuidados que requiere puede afectar a la relación de pareja. De hecho, se puede llegar a la ruptura, y en el caso de que se decida tener un bebé como intento de fortificar la relación cuando esta muestra dificultades no se estaría haciendo más que empeorar la situación. ¿Por qué ocurre esto? El nuevo miembro de la familia en lugar de unir separa, ya que la madre se dedicará más a él y a su cuidado y la pareja puede advertir la pérdida de la atención, sintiéndose desplazado. Por otra parte, la dedicación que exige el bebé al llegar es muy grande, la madre debe en los primeros meses proveerle de la alimentación necesaria amamantándolo hasta que el niño pueda abandonar el periodo de lactancia y ampliar el tipo de alimentación. Asimismo, el sueño irregular del bebé puede ser una fuente de estrés, al igual que el reparto de cualquier tarea relacionada con los cuidados que se le debe proporcionar, que puede originar conflictos al no haber un acuerdo.

La influencia que ejerce el bebé en la relación se muestra desde antes de su nacimiento. Una vez que la pareja se halla en el conocimiento de que la mujer está embarazada, la actitud del padre es muy importante en la relación que haya tras el parto. El apoyo emocional del hombre a su pareja es necesario en el proceso de embarazo para evitar situaciones conflictivas en el entorno familiar. Unido a ello, los beneficios de que el hombre colabore y esté presente incluso en el alumbramiento parece ser que son bastante notorios a largo plazo, ya que va a ayudar a que también en un futuro se involucre más en atender al hijo/a. A pesar de que tradicionalmente es la madre quien asegura más cuidados al bebé, sobre todo en los primeros meses, la figura paterna no pierde por ello un ápice de su importancia. El padre será de igual modo una figura de referencia para el niño o niña y será muy importante en su proceso de desarrollo.

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Atrás ha quedado la visión de que el rol paterno debía estar centrado en la protección y en el sostén económico de la familia y el rol materno en el cuidado y crianza de los hijos/as así como el papel de ejercer de mediadora entre ellos y el padre. Hoy en día, hay nuevos modelos de paternidad al igual que de familias. Se defiende una nueva idea, y es la de que el padre tiene la misma relevancia en el desarrollo de los hijos. Este modelo, conocido en algunos entornos como “New Father” apareció en 1998 con Amato, aunque luego otros autores le secundarían. La paternidad “es una construcción social ligada a los valores sociales y culturales de cada época” (Lombardini, 2005) y “no existen limitaciones biológicas claras que diferencien el papel del padre del de la madre, y (…) son más bien razones de tipo ambiental” (Delval, 2008).

En la práctica, aún hoy sigue habiendo diferencias entre ambos progenitores y se siguen prefiriendo los modelos tradicionales. Algo que suele darse es que los padres sean los que más juegan con los hijos y, si estos son varones, los juegos se tornan más agresivos, mientras que cuando son niñas la actitud difiere, y se prefiere con ellas ser más cuidadoso. Aquí podemos observar diferencias de género. En otros aspectos de la vida del niño, como el del desarrollo del lenguaje y del habla, ambos progenitores emplean al comienzo vocalizaciones o un habla adaptada a la edad. Este dialecto, o “habla adaptada” tiene un nombre: maternés. Según el bebé va creciendo, se irá pasando a un habla normal. Es muy importante el maternés en la creación de vínculos afectivos, y en el desarrollo del propio lenguaje.

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Queda claro que ambos progenitores van a tener una influencia muy significativa en el proceso de socialización del niño. Influirán en éste el resto de familiares del niño/a y, más adelante, hermanos o hermanas si se amplía la familia, el grupo de iguales, etc. Los progenitores transmitirán unas pautas de socialización. En este contexto, es importante hablar del apego, vínculo que se establece entre la figura de referencia y el bebé. El apego no tiene por qué ser hacia sólo una figura de referencia, ni tiene por qué ser esta necesariamente la madre. El apego puede desarrollarse hacia varias personas y esto es lo mejor para el bebé. Este vínculo afectivo es un vínculo muy fuerte y va a contribuir a la personalidad que vaya conformándose el niño. Hay tres tipos de apego: el seguro, el inseguro (que puede ser ambivalente o evitador) y el desorganizado. Con frecuencia el apego seguro es confundido con sobreprotección, cuando esto puede hacer que el niño o niña tenga en un futuro dificultades a la hora de desempeñarse en las relaciones sociales. Unos progenitores muy atentos al niño, que no dejan que éste se enfrente por sí mismo a las cosas, pueden hacer que el niño sea más retraído y le sea más difícil manejar las situaciones, ya que nunca le han dejado probar sólo cómo lo haría, y no ha desarrollado estrategias para afrontar las distintas circunstancias porque siempre han estado ahí sus padres para ayudarle y “socorrerle”. Unido a ello, puede hacer que sea menos tolerante a la frustración. El apego seguro es cuando el niño siente que el otro está ahí, que puede explorar el entorno y volver a su figura de apego y sentir su apoyo: esto le da seguridad. En el apego inseguro, el niño puede mostrarse a la defensiva, agresivo, o puede ignorar a la figura de apego y no mostrar ansiedad durante su separación de ésta. En el apego desorganizado, el niño no muestra ninguna tendencia clara, siguen conductas contradictorias.

El estilo de apego que se desarrolle en la primera infancia será muy importante de cara al futuro como adulto, ya que se interioriza como forma de relacionarse y situarse en el mundo y es muy difícil luego cambiar las dinámicas de relación, ya que tienden a ser estables durante toda la vida del individuo.

Referencias bibliográficas:

Lombardini, J. (2005) Empatía paterna y nuevo modelo de paternidad. Revista Psicodebate 9: Psicología, Cultura y Sociedad, 81-92.

Delval, J. (2008) El desarrollo humano. Madrid: Siglo XXI.

 

 

 

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