Decir “NO”

decir-noPara ser uno mismo hay que darse autoridad a uno mismo, aceptarse con las limitaciones y fallos, reconociendo que somos humanos y no perfectos. En la condición humana va implícito esto, y es algo que debemos tener en cuenta a la hora de valorarnos a nosotros mismos. Por otra parte, es propio de las personas el buscar a otras personas, formar grupos y compartir el tiempo con los demás. Somos seres sociales y, desde nuestro origen, somos dependientes. Un bebé cuando nace necesita de los cuidados de los padres, no podría sobrevivir si no le brindasen ciertos cuidados, le asegurasen una adecuada alimentación y unos tiempos de sueño, por ejemplo.

Según vamos creciendo, las necesidades van cambiando, pero siguen ahí. En la relación con los demás nos vamos desarrollando como personas, vamos creando nuestra identidad. Las relaciones consisten en dar y recibir, y se pone en marcha este intercambio incluso en las relaciones que podríamos llamar más “básicas”. Cuando uno escucha, ya está dando a la otra persona algo: un espacio, un lugar, un reconocimiento… Cuando uno habla, sucede lo mismo, si el otro escucha ya hay un intercambio: uno da y otro recibe, pero el que recibe también da.

A la hora de relacionarse con los demás, es importante ser asertivos, defendiendo las propias opiniones y expresándolas. Decir “NO” es bueno, en la medida en que gracias a poner limitaciones estamos defendiendo nuestras ideas y decisiones. Es una manera de respetarnos a nosotros mismos, nuestra individualidad, y nuestra capacidad de control sobre nuestra vida. El “NO” es una afirmación de uno mismo, y respetándonos a nosotros, siendo asertivos, haciendo lo que realmente queremos y no sintiéndonos culpables o egoístas por ello, estamos avanzando en nuestra relación con los demás. Es decir, para que nos respeten las otras personas, debemos antes respetarnos nosotros. Siendo realistas: no podemos gustar a todo el mundo. Cada persona ha tenido unas experiencias distintas, se mueve en determinados contextos que van a influir en ella y sobre los que ella va a influir, ha recibido una educación determinada… todo ello crea diferencias, que no son malas. Cada persona tendrá sus propias inquietudes y deseos, que debe atreverse a reconocer y expresar. Esa aceptación constituirá el primer paso para poder pasar a la acción.

Coherencia y consecuencia son dos palabras clave en todo esto. Lo que uno piensa, quiere y hace tiene que estar articulado. Cuando uno no hace lo que quiere se siente mal consigo mismo, porque percibe una incongruencia y lo único que le quedará a dicha persona será el anclarse en la queja, lo cual repercutirá en sus relaciones con los otros. Es cierto que las circunstancias pueden dificultar el hacer lo que se quiere, pero ¿realmente siempre son éstas las que nos impiden realizar algo? ¿En cuántas ocasiones son meramente una excusa por el miedo a fallar? En nuestras relaciones con los demás, habrá que definir nuestra postura, a pesar del miedo al dolor, o a no ser aceptados. Defendiendo nuestra postura, siendo asertivos, en realidad obtendremos otro resultado: mejorar nuestras relaciones y cambiar sus dinámicas.

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