25 Noviembre: Día Internacional Contra la Violencia hacia las Mujeres

                                         A las niñas les gusta el rosa, a los niños el azul.

Los niños son de fútbol. Las niñas de ballet.

Las mujeres son sensibles y débiles. Los hombres son fuertes y luchadores.

El objetivo mayor de la mujer debe ser el de convertirse en madre…

¡¡Basta!!

Desde pequeños, sin darnos cuenta, vamos asumiendo que ciertas características son propias de la mujer y otras son del hombre.

A menudo se nos deja a las mujeres en un papel pasivo, no hay más que pensar, por ejemplo, en qué lugar nos coloca la idea del príncipe azul. Siguiendo esta idea, las mujeres estamos esperando al hombre que venga a salvarnos, al hombre al que “entregarnos”.

Desde pequeñas también se nos tiende a educar hacia ese “objetivo” de ser madre. Además, desde la sociedad se nos inculca a ser madres de una determinada manera. Es decir, se nos plantea un ideal de madre que debemos alcanzar casi para nuestra realización personal (con el peligro que supone esto, ya que genera unas expectativas que, de no cumplirse, pueden facilitar que la mujer acabe con síntomas depresivos, al no llegar a alcanzar ese ideal).  La madre debe ser cuidadosa, sensible a las necesidades de los hijos, no manifestar en ningún momento cansancio ni emociones “negativas” como el enfado. No puede una madre expresar descontento, ni ira… De hecho, ya generalizando e incluyendo a las mujeres que no tienen hijos, se nos es vetado el revelar emociones como la ira o el enfado, por no ser consideradas femeninas. A los hombres les sucede lo mismo pero con la tristeza, ¿quién no ha escuchado lo de “no llores, eso es de niñas”? En cambio, la violencia es “justificable” si es un niño quien la practica, porque los niños son más competitivos y esa es la forma que tienen de solucionar conflictos en lugar de usar la palabra…

Así, de este modo, se aprende que hay cosas que son propias de los niños y otras que son de las niñas. Este aprendizaje se fomenta desde el hogar y desde la escuela, y los medios de comunicación tienen un papel bastante relevante, ya que naturalizan esta división de papeles, no hay más que ver algunas series actuales donde se continúa con los estereotipos de género, o anuncios de juguetes… Se aprenden unas diferencias que van más allá del sexo, y que tienden a posicionar a la mujer en un lugar más pasivo, subordinada a los hombres. El hombre se erige como el protector de la mujer, y la mujer como alguien dependiente… y, a su vez, alguien paciente y alguien que debe cuidar a las personas que tiene a su alrededor, por encima de todo.  Al hallarse en dicha posición, al amparo de la protección del hombre, esa idea de superioridad de uno sobre el otro trae la objetualización del otro “inferior” (ver F. Hernández, J. Vidiella, F. Herraiz y J. M. Sancho: “El papel de la violencia en el aprendizaje de las masculinidades”). Convirtiéndose ese otro en “objeto”, bien de rabia, de diversión, de frustración… aparece la deshumanización, y la proyección del sentimiento de posesión y de sometimiento del cuerpo del otro. Relacionado con todo esto hay un término que voy a recuperar: la masculinidad hegemónica. Hay hombres que para reforzar su identidad masculina necesitan ver cumplidos en la mujer todo lo que indica el rol que se le atribuye socialmente por antonomasia, y necesitan ver su superioridad sobre la mujer realizando acciones de control que pueden ser tan “simples” como el tener siempre conocimiento de sus salidas y de los lugares que frecuenta y con qué personas, o una autoridad sobre la ropa que vaya a ponerse… o pueden ir más allá y caer en la violencia física, pegando si considera que la mujer ha hecho algo “mal” o no le ha brindado el cuidado que como compañero sentimental piensa que merece.

Sí, ya me introduzco en el tema: la violencia de género.

Dentro de diez días, el 25 de noviembre, es el día internacional contra la violencia hacia las mujeres.  Por ello, os dejo este enlace para reflexionar sobre este tema. Es una ponencia de Soledad Murillo de la Vega, socióloga que considera que la violencia de género no es algo sólo doméstico, y que nos señala las dificultades a las que hay que enfrentarse, como que en la educación aún no hay un programa en el que se incluyan temas de perspectiva de género como algo integrado a la propia educación. También puede hacernos reflexionar sobre que, a la hora de denunciar, dado el ciclo de violencia donde se ven sumergidas muchas mujeres, muchas de ellas no denunciarán no por no atreverse, sino por ni siquiera poder identificar que son víctimas de una situación de maltrato… El ciclo de violencia (Walker, 1989, 2004) explica que habría tres etapas principales en el maltrato conyugal: 1º acumulación de tensión, 2º incidente violento y 3º luna de miel. Al haber esa última etapa, en la cual el hombre mostraría arrepentimiento, la víctima de violencia de género queda anulada en el sentido de que comienza a intentar explicarse la violencia, y empieza a justificarla. Los ciclos, una vez que tienen su inicio, proseguirán e irán acortándose. A la mujer llega incluso a pasársele por la cabeza el ser culpable, ya que no entiende esa violencia de la que es objeto, y busca entre sus acciones el motivo de que suceda eso.

http://www.espacio-publico.com/ha-llegado-la-democracia-a-la-vida-privada

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